La arquitecta Dra. Maureen Trebilcock Kelly, académica del Departamento de Diseño y Teoría de la Arquitectura nos presenta la columna titulada: Vivienda y salud mental. Publicada en la Revista Negocio y Construcción. 

Es habitual encontrar en la prensa noticias sobre viviendas que presentan filtraciones, hongos o deterioro material. Cuando esto ocurre, la atención se concentra en identificar la falla, establecer responsabilidades y buscar una solución técnica. Pero ¿qué significa para una persona vivir durante meses o años en una vivienda con problemas que afectan cotidianamente su calidad de vida?

La relación entre vivienda y salud es mucho más amplia de lo que solemos considerar. La Organización Mundial de la Salud reconoce la vivienda como un importante determinante de la salud e identifica diversos factores de riesgo que pueden afectar tanto la salud física como mental: hacinamiento, temperaturas interiores excesivamente bajas o altas, mala aislación, deficiente calidad del aire interior, ruido, humedad, moho y otras formas de contaminación.

La evidencia científica acumulada durante las últimas décadas permite comprender mejor estas relaciones. El hacinamiento puede reducir la privacidad y dificultar el descanso, el estudio o el trabajo. El ruido persistente puede alterar el sueño y aumentar el estrés; temperaturas excesivamente altas o bajas pueden afectar el descanso; y convivir con humedad, moho, filtraciones o deterioro puede transformarse en una fuente permanente de preocupación. La OMS advierte que distintas formas de contaminación ambiental, incluyendo la del aire, acústica y lumínica, pueden contribuir a alteraciones del sueño, estrés e incluso depresión.  Estas condiciones, además, pueden acumularse, transformando aquello que debería constituir nuestro principal espacio de descanso, seguridad y recuperación en una fuente cotidiana de estrés.

Hasta ahora, buena parte de nuestra aproximación a la relación entre vivienda y salud ha sido identificar aquello que puede producir daño y tratar de reducirlo: evitar el hacinamiento, disminuir el ruido, controlar la humedad, mejorar las temperaturas interiores o eliminar el moho. Esta mirada, que podríamos denominar patogénica, es indispensable, pero ¿es suficiente?

Una perspectiva salutogénica propone otra pregunta: además de evitar lo que nos enferma, ¿qué condiciones contribuyen a mantener y fortalecer nuestra salud? El foco se desplaza así desde la enfermedad hacia aquellos recursos y condiciones que favorecen el bienestar.  Aplicada a la vivienda, significa preguntarnos cómo planificar, diseñar, construir y mantener espacios que favorezcan el descanso y la privacidad, permitan ejercer control sobre el propio ambiente, entreguen seguridad y contribuyan a recuperarnos del estrés.

Este cambio de perspectiva permite incorporar dimensiones que difícilmente aparecen cuando solo buscamos patologías o factores de riesgo. El contacto con la naturaleza, por ejemplo, no consiste únicamente en disponer de áreas verdes en el barrio. La posibilidad de observar vegetación desde la propia vivienda también ha sido asociada con mejores indicadores de bienestar y salud mental. De la misma manera, disponer de privacidad, controlar las condiciones del ambiente o contar con un espacio adecuado para descansar pueden entenderse no solo como ausencia de problemas, sino como recursos que ayudan a enfrentar las demandas de la vida cotidiana.

La salud mental es multifactorial y no puede atribuirse a las características de una vivienda. Pero reconocer esa complejidad no significa ignorar el papel que cumplen las condiciones materiales en las que vivimos. Si una vivienda puede constituir una fuente persistente de estrés, también podemos preguntarnos cómo puede transformarse en un espacio que favorezca el descanso, la recuperación y el bienestar psicológico.

Esto supone ampliar nuestra manera de entender la prevención en salud mental. Las políticas públicas de vivienda, arquitectura y urbanismo tienen un rol estructural en la configuración de las condiciones en que transcurre nuestra vida cotidiana. Planificar, diseñar y construir mejores viviendas y ciudades no es solamente una cuestión arquitectónica o constructiva: es también una cuestión de salud pública.