Con la entrada en vigencia de la Calificación Energética de Viviendas (CEV) en Chile, la eficiencia energética deja de ser una característica voluntaria para transformarse en un estándar regulatorio que impacta directamente al sector de la arquitectura y la construcción.
La CEV se inserta en un marco más amplio de política pública orientado a mejorar la eficiencia energética del país, en coherencia con los objetivos establecidos por la Ley de Eficiencia Energética (Ley N° 21.305), que reconoce al sector de la edificación como un ámbito estratégico para la reducción del consumo energético y de las emisiones. Esta ley establece la obligatoriedad de la CEV para la obtención de la recepción final de viviendas nuevas, tanto para empresas constructoras e inmobiliarias como para los Servicios de Vivienda y Urbanización.
La CEV funciona mediante una etiqueta de colores y letras —de A+ a G— similar a la que ya conocemos en electrodomésticos o vehículos. Su objetivo es entregar información objetiva y estandarizada sobre cuánta energía requiere, en términos potenciales, una vivienda para mantener un estándar de confort térmico —a través de calefacción y enfriamiento—, además de iluminación y agua caliente sanitaria. En rigor, la CEV evalúa el desempeño energético teórico de una vivienda bajo condiciones de uso previamente definidas. La estimación de la demanda de calefacción y enfriamiento se realiza considerando un escenario único de ocupación, definido por una temperatura de confort estándar y por las horas del día en que se requiere alcanzar dicha temperatura, en línea con procedimientos normalizados a nivel internacional.
Sin embargo, en la práctica, el consumo energético real depende de las condiciones efectivas de uso, las que varían significativamente entre distintos hogares. Mientras algunas familias pueden presentar patrones de ocupación similares a los supuestos del modelo y, por lo tanto, consumos cercanos a los estimados por la CEV, otras pueden registrar consumos considerablemente menores, ya sea porque calefaccionan menos horas al día o mantienen temperaturas inferiores a las consideradas en el cálculo; o, por el contrario, consumos mayores. Por ello, resulta fundamental no confundir el potencial teórico —cómo se espera que se comporte la vivienda bajo condiciones estándar— con el desempeño real, determinado por la forma en que se habita y utiliza.
En ese sentido, la CEV es una herramienta robusta que mide la calidad energética de la vivienda y permite compararlas en igualdad de condiciones: peras con peras y manzanas con manzanas. Al no depender del nivel de ingreso del hogar ni de los hábitos particulares de los ocupantes, entrega un criterio objetivo que aporta transparencia al mercado inmobiliario y orienta a los profesionales del diseño y la construcción hacia mejores estándares de eficiencia energética.
El título de esta columna está inspirado en el influyente trabajo de Kathryn B. Janda, Buildings don’t use energy: People do, donde la autora demuestra, a partir de evidencia empírica, que las diferencias en el comportamiento de los ocupantes pueden generar variaciones de consumo superiores al 300 % incluso en viviendas técnicamente similares. Janda concluye que una parte sustantiva del desempeño energético depende de cómo las personas entienden, operan y usan los edificios. Su llamado, por tanto, no se limita a mejorar el diseño, sino a incorporar la educación y la alfabetización energética de los ocupantes como parte integral de la estrategia, entendiendo los edificios no como objetos pasivos, sino como sistemas activos que requieren ocupantes informados y conscientes.
De acuerdo a ello, uno de los desafíos que abre la CEV será que ese mejor estándar se traduzca en resultados efectivos en la práctica. Para ello, será indispensable complementar con estrategias de información a los usuarios, de modo que comprendan cómo sus decisiones cotidianas inciden en el consumo energético.