Dicto un curso de dibujo urbano para estudiantes de Arquitectura en la Universidad del Bío-Bío y hace unos días fuimos al campus de la Universidad de Concepción a registrar edificios y otras cosas de menor escala, como esculturas o piletas que hay dispersas por el lugar. Después de dar instrucciones y acordar la hora para reunirnos, dibujé el edificio Tecnológico Mecánico de la Facultad de Ingeniería y luego busqué algo que no fuese una construcción. Así llegué a las afueras de la Facultad de Ciencias Naturales y Oceanográficas donde se encuentra el esqueleto de una ballena.
Dibujar en lugares muy transitados suele ser algo incómodo pues todo el que pasa mira por sobre tu hombro y no puedes evitar escuchar los comentarios. Así que me ubiqué estratégicamente entre el edificio y la ballena, tras un seto, en una posición visible, pero lejana del paso de personas.

Fotografía cedida por el Dr. Cristián Muñoz
Estaba terminando mi dibujo cuando una voz me dice: “¿Te interesan las ballenas?”. La pregunta me desconcertó un poco y a lo cual respondí que sólo la dibujaba, pero sí, me interesan las ballenas… y todos los animales para ser sincero.
Era un hombre de barba y pelo blanco, muy amable, de aspecto jovial y edad indeterminada. Me dijo su edad, pero 90 años era difícil de creer.
Me preguntó si quería saber cómo esos huesos habían llegado ahí. Por supuesto que mi respuesta fue afirmativa. Me contó que él era el responsable y que luego de una serie de eventos y la prohibición definitiva de cazar a cualquier especie de ballena, la ya desaparecida Ballenera Macaya captura un último ejemplar en el año 1983, quedando como testimonio de una época de desarrollo para la zona, pero también de una matanza como sólo los de nuestra especie sabemos hacer.
Don Víctor Gallardo, doctor en Biología y con muchos títulos que lo vinculan al mundo oceanográfico, logra la donación del esqueleto tras esa última cacería. Llevarlo al campus, limpiarlo y realizar su montaje, me cuenta, fue la proeza de una “pandilla” de motivados académicos de su facultad. También me dice que la placa conmemorativa no reconoce a todos los que hicieron esto posible y que no ha logrado se corrija que la ballena no fue cazada en el Golfo de Arauco, sino que habría sido mar adentro, ya que estas ballenas nunca se acercan tanto a la costa.
Me dio su tarjeta con su número de teléfono escrito en el reverso y quedamos de contactarnos.
Luego me reuní con mis estudiantes, revisamos los dibujos que hicieron y les conté de esta experiencia: yo, dibujando sumergido en mis pensamientos y de pronto alguien te trae de vuelta a la realidad con una historia increíble, de primera fuente, sólo porque sí.
Dibujar in situ, además de su gran valor como registro, tiene valor por esto también: capturar relatos de personas que se cruzan contigo y, excepcionalmente, sin ninguna opinión sobre el dibujo, el regalo de unos minutos de su tiempo con una historia que sin duda es muchísimo mejor que leerla desde alguna página web.