El arquitecto Dr. Cristián Berríos Flores, docente del departamento de Diseño y Teoría De La Arquitectura, presenta su columna titulada: “Pensar la ciudad desde sus barrios”. Publicada en Diario El Sur.

La discusión sobre el crecimiento de Concepción parece reducirse cada cierto tiempo a una pregunta: ¿edificios altos o edificios bajos? Planteado así, el debate difícilmente puede conducirnos a una buena ciudad. Quizás antes de discutir alturas debamos cambiar la manera en que estamos pensando Concepción.

Seguimos entendiendo la ciudad de forma atomizada: como una suma de predios, viviendas y edificios sobre los cuales aplicamos alturas, densidades y coeficientes de constructibilidad. O, peor aún, organizándose principalmente a partir de sus vías estructurantes, como si la lógica del automóvil pudiera explicar por sí sola la complejidad de la vida urbana.

Propongo invertir esa mirada. La ciudad puede comprenderse mejor como una suma de barrios: unidades reconocibles donde, a través del tiempo, se construye un ecosistema social, espacial y cultural. En ellos conviven viviendas, comercio, equipamientos, espacios públicos, vegetación, recorridos y arquitecturas, pero también relaciones de proximidad, memoria y sentido de pertenencia. Es ese tejido el que finalmente otorga carácter al conjunto mayor de la ciudad y, en nuestro caso, a una metrópoli.

Concepción posee barrios claramente diferenciados. El centro, Pedro de Valdivia, Lorenzo Arenas, Barrio Universitario o Collao responden a geografías, historias y maneras de habitar distintas. Reconocerlos y delimitarlos permitiría evaluar integralmente qué transformaciones puede recibir cada uno y dónde una mayor altura puede contribuir positivamente a su desarrollo.

La altura dejaría entonces de ser una posición ideológica. Habrá lugares donde edificios altos permitan incorporar nuevos habitantes, actividad e inversión, fortaleciendo centralidades existentes; y otros donde esa misma operación pueda deteriorar un ecosistema urbano construido durante décadas.

Concepción necesita crecer, densificarse y atraer inversión. Una ciudad compacta aprovecha mejor sus infraestructuras y evita una expansión indefinida sobre un territorio geográficamente frágil. Desarrollo económico y calidad urbana no son objetivos contrapuestos. El verdadero desafío es conseguir que uno contribuya al otro.

Concepción ya tuvo, especialmente después de sus grandes terremotos, la capacidad de pensar integralmente y de entender su transformación como un proyecto de ciudad. No se trata de regresar a aquella ciudad ni de idealizarla, sino de recuperar esa ambición. Pensar desde Concepción significa reconocer las condiciones particulares de nuestro territorio para proyectar desde ellas su transformación. Superar la discusión entre edificios altos o bajos exige primero decidir dónde, cómo y para qué queremos crecer.

Una metrópoli con carácter no es aquella que evita transformarse, sino aquella capaz de conducir su transformación.